Tiranía Sobre Ruedas

Hay ocasiones en que a algún anónimo burócrata se le ocurre que, en vez de hacer su trabajo, su deber es decidir la forma en que las personas deben de vivir sus vidas. Y aunque tal cosa es imposible, siempre encuentran una o dos formas de complicárselas.

Sobre el nuevo reglamento de tránsito, Joel Ortega, encargado de la seguridad pública y el tránsito en la Ciudad de México, afirmó por separado que este tiene como propósito salvar vidas, y elevar el nivel de vida de los ciudadanos.

El señor Ortega está, desde luego, bromeando. El reglamento de tránsito tiene como propósito mantener un control aún más estricto sobre los ciudadanos, y más que salvar vidas, aumentar la recaudación por concepto de tenencias, y decirle a los ciudadanos qué pueden o qué no pueden decirle a los siempre respetables y honestos agentes de tránsito. Pero vamos por partes.

En la Ciudad de México ocurre una graciosa paradoja: los automovilistas no tenemos educación vial, no obedecemos las señales y no tomamos en cuenta los límites de velocidad. Sin embargo, cumplimos religiosamente con el ritual semestral de llevar los automóviles a verificar, pagar la tenencia cada año, hacer filas enormes para reemplacar cada que al gobierno se le ocurra y tener bien visibles todos nuestros engomados.

No es de extrañarse, el gobierno y los agentes de tránsito nos han enseñado que pasarse un semáforo en rojo no es grave ni peligroso, y siempre puede solucionarse con la ayuda de nuestros amigos Nezahualcóyotl y Morelos. Pero llevar un engomado de menos en nuestro parabrisas trasero es una seria falta que pone en peligro la vida de muchas personas. En este sentido, las regulaciones son cada vez más opresivas -y absurdas.

Hace algunas semanas, la Comisión Ambiental Metropolitana decretó que ya no se otorgará el engomado 1 en la verificación vehicular, sino que, en cuanto el automóvil en cuestión deje de ser engomado 0, será de inmediato engomado 2 (un servidor se siente sucio utilizando el lenguaje de la burocracia). La forma en que esto afecta la vida, economía y derechos de propiedad de muchos propietarios es algo que los burócratas de la CAM no han tomado en cuenta. O si lo han hecho, entonces es un sacrificio que se debe de hacer para resolver el problema de la contaminación atmosférica, ¿cierto?

De acuerdo con la misma CAM, la última vez que se decretó una contingencia ambiental fue en Enero de 2005, poco más de un año después de la anterior, en Diciembre de 2004. Desde el año 2000, las contingencias se han sucedido con intervalos de entre un y dos años. A principios de la década de los noventas este intervalo era de semanas (llegando a haber ocho contingencias en 1992). Los índices de contaminación atmosférica han disminuido, en tanto que el número de automóviles en circulación ha aumentado. Es válido preguntarse hasta que punto son los automóviles los principales causantes de la contaminación del aire, qué otros factores han ayudado a disminuir los indices de contaminación (mejores tecnologías, reubicación de industrias, etc.), y qué otros elementos propician la contaminación (transporte público, marchas y plantones, etc.). Estas son preguntas que las autoridades deberían de responder antes de continuar sometiendo a los ciudadanos a cada vez más fuertes y costosas regulaciones.

Hace un año, los gobiernos del Distrito Federal y del Estado de México decretaron que la verificación vehicular sería condicionada al pago del impuesto de la tenencia. En el nuevo reglamento de tránsito, si por alguna razón, válida o no, un automóvil es llevado a ser desvalijado a un corralón, el propietario no podrá recuperarlo si no están pagadas todas sus tenencias. Esto sólo demuestra que salvar vidas no es la mayor preocupación para los burócratas a cargo del tránsito. Pareciera que su verdadera motivación es encontrar más formas de obtener recursos a costa de los ciudadanos.

En pocas palabras, el nuevo reglamento de tránsito no es más que otro instrumento de coerción para obligar al ciudadano a pagar más impuestos y seguir manteniendo a la sanguijuela burocracia. Salvar vidas . . . seguro que si.

Pero eso no es lo único. De paso menciono el evidente hecho de que el nuevo reglamento le permitirá a los corruptos agentes de tránsito aumentar sus ingresos por mordidas a costa de los ciudadanos, temerosos de perder su derecho a conducir o a de que su automóvil sea dañado y desvalijado en un corralón. No parecen darse cuenta que darle a un semi-educado y mal pagado servidor público más poder sobre los ciudadanos es receta segura para la corrupción.

Hay una nueva regulación en particular que es una muestra de que la principal preocupación de las autoridades no tiene nada que ver con salvarle la vida a nadie:

Artículo 6º. Se prohíbe a los conductores:

XIV. Ofender, insultar o denigrar a los agentes o personal de apoyo vial en el desempeño de sus labores.

Usemos nuestra imaginación y tratemos de pensar en las consecuencias de tan estúpida regulación:

Oficial Turrubiates: Automóvil negro obscuro, oríllese a la orilla.

Sr. Conductor: (en voz baja) ¿¡Ahora qué, chingao?! (en voz normal) ¿Qué sucede oficial?

Oficial Turrubiates: A ver mi joven, usted iba manejando como que muy a la derecha, su coche sólo trae veintidós engomados y además su coche parece que no trae condensador de flujo. ¿Dónde está su licencia?… Uyuyuy! Este no se parece a usted, tiene bigote y usted no. Esto le va a costar… ¿Cómo nos arreglamos?

Sr. Conductor: Es usted un corrupto.

Oficial Turrubiates: Uyuyuyuyuy!! Eso es un insulto joven, me está denigrando y me siento ofendido. Veinte días de salario mínimo.

Sr. Conductor: . . . . . . .


En primer lugar, ofender, insultar o denigrar. ¿Según quién? ¿Quién establece el criterio sobre qué es y qué no es ofensivo? Si le llamo corrupto o ladrón a un policía de tránsito, teniendo razones para hacerlo, ¿se califica como insulto? ¿O es que ahora al gobierno se le ocurrirá hacer una lista de palabras que les puedan resultar ofensivas a los pobrecitos policías de tránsito? Alguien debería de responder a esas preguntas, por que si a un policía se le ocurre que si alguien le mira feo lo está ofendiendo, el pobre ciudadano será el que terminará pagando.

Pero sobre todo, hay una consideración moral muy importante. ¿A quién le hago daño al insultar? A nadie. Ofender a una persona es feo y de mal gusto. Mentar madres es de mala educación. Pero al hacerlo no estoy afectando la vida ni la propiedad de nadie: al gobierno no le corresponde legislar sobre moralidad y mal gusto. Y un policía de tránsito es tan humano como cualquiera, por tanto no debe estar protegido en contra de insultos mientras el resto de los ciudadanos no lo están. No es exagerado decir que este artículo contradice el principio constitucional de la libertad de expresión. ¿Por qué digo que no es exagerado? Por que hoy nos prohiben insultar a los policías. Mañana nos pueden prohibir ofender a los demás burócratas. Y en poco tiempo, denigrar a Ebrard y a Ortega podría ser ilegal.

Es sencillo: poner a los policias a p
atrullar buscando vehículos sin verificar y automovilistas malhablados es más fácil y seguro que prevenir crímenes de verdad.

Anuncios