La Nueva Tiranía

En algún momento de nuestra historia a alguien se le ocurrió que los símbolos y las abstracciones eran más importantes que la vida de cada persona. Que la soberanía, el bien común, la justicia social y la igualdad eran bienes de un valor inmenso, aunque nadie supiera cómo definirlos. Y qué importaban las contradicciones y las falacias mientras podamos decir que el país es nuestro. Qué importaban las pequeñas vidas de las personas frente al glorioso Pueblo. En algún momento alguien le vendió a nuestros antepasados un país de frases, de símbolos, de héroes, de fechas, de gritos y de aniversarios.

De nuestra cultura y nuestras tradiciones y nuestra soberanía y nuestro petróleo y nuestra historia y nuestros héroes y nuestros recursos y nuestras instituciones.

Nuestro país que nunca fue mio, ni tuyo. Siempre fue de ellos.

La gran tragedia de nuestro país es que nada puede hacerse sin la bendición de un burócrata o de un político. La educación, la salud, la economía, la cultura, el deporte, la ciencia. Todo tiene que pasar por una ley, un reglamento, una mordida o el favor de un político. Por que el país es de ellos. Nosotros sólo somos inquilinos. La Constitución lo dice: la propiedad privada es originalmente de la Nación. Pero la Constitución no dice quién o qué diablos es la Nación.

Cuando algo es gratis sólo quiere decir que alguien que no eres tú pagará por ello. Cuando la propaganda en medios es gratis sólo quiere decir que los políticos ya no tendrán por qué pagar por ella. Pero alguien más lo hará. Las empresas de medios tendrán que pagar por ese tiempo. Y si miles de empleados de los medios pierden el trabajo, ¿qué importa, si a los partidos ya no les costará? Y todo mundo sabe que la economía de un diputado -ciudadano de primera- es más importante que el empleo honesto de un empleado de estación de radio de provincia -ciudadano de segunda-.

Los políticos tienen cosas importantes de qué ocuparse, y no pueden perder el tiempo con cosas sin importancia como la responsabilidad personal. Eso es para la gente común e insignificante como uno. Ordenan propaganda que denigra al político de al lado, y unos meses después, arrepentidos de su error, nos prohiben a todos los demás ofender a los políticos. ¿Qué diran los moneros de izquierda, apologistas del estado fuerte y benefactor, cuando se enteren de que hacer su trabajo podría convertilos en delincuentes? Pero si los políticos son incapaces de dejar de insultarse entre ellos, al punto de necesitar de una ley para impedirlo, ¿qué se puede esperar de nosotros, simples mortales, que no somos dignos de ponernos al nivel de un político?

Por que ahora la Constitución ya reconoce que ellos, legítimos dueños del país, son los únicos con derecho a decidir que hacer con él. Los tres partidos políticos elijen al árbitro y hacen y deshacen las reglas. Y la única forma de acceder a un puesto de elección popular será pertenecer a alguna de esas tres venerables insituciones. Y sólo los ciudadanos de primera pertenecen al PRI, al PAN o al PRD. Los ciudadanos de segunda sólo podemos aspirar a ver como, con esa sabiduría inconcebible para nosotros, manejan al país. Es de ellos, después de todo.

Y la señora Ibarra de Piedra vocifera contra el gobierno federal mientras cobra ciento veinte mil pesos al mes (¿ya pagaste tus impuestos lector?). Marcelo Ebrard, totalitariamente palacio, ya prepara las pistas de hielo para mantener felices a sus votantes. Y Felipe Calderón celebra como los partidos le cedieron su miscelánea fiscal a cambio de algo insignificante: nuestra democracia.

Era pequeña, cara y tenía muchos defectos. Pero era nuestra democracia, y con ella nos quitan un poco de nuestra de por si escasa libertad. Un servidor las echará de menos.

(Si alguien tiene alguna idea de como recuperarla, no deje de comunicármela. Revolucionarios appistas eperristas nazicomunistas absténganse: si hay algo peor que los políticos, son ustedes.)