Como siempre, Marcelo Ebrard se burla de los contribuyentes.

Hace unas semanas, Marcelo Ebrard reclamaba airadamente -con su acostumbrado tono de mosca muerta- la demora del gobierno federal para autorizar la reestructuración de la deuda pública del Distrito Federal (a pesar de que no era la obligación del gobierno federal y la deuda la había heredado de su jefe el Peje). La condición para reestructurar la deuda era que el ahorro se invirtiera en infraestructura, y el gobierno del Distrito Federal dejó bastante claro que habían aceptado esta condición.

Leamos esta noticia de la Jornada del 2 de Agosto. (Nótese que la noticia es de la Jornada, y no de algún medio de los que usualmente son etiquetados como parciales y de derecha)

La Secretaría de Finanzas informó que los ahorros por mil 500 millones de pesos generados por el refinanciamiento de 38 mil millones de pesos de la deuda del gobierno capitalino se canalizarán a la construcción de la línea 12 del Metro -cuyo costo ascenderá a 13 mil millones de pesos, a ejercer en los siguientes cinco años-, infraestructura, agua y drenaje profundo, como se planteó en el portafolios entregado a la Secretaría de Hacienda.

Ni un solo peso se destinará a cuestiones ajenas a temas de infraestructura que requiere la ciudad y vamos a actuar con responsabilidad porque tenemos frente a nosotros la posibilidad de que la deuda le cueste menos a todos los ciudadanos y contemos con recursos adicionales para iniciar obras que tanto se requieren sin contratar más débitos aprovechando el exceso de liquidez del mercado internacional”, precisó.

Ahora, regresemos de nuevo a la Jornada, pero esta vez a la del día de ayer:

El secretario de Finanzas del Distrito Federal, Mario Delgado Carrillo, anunció la creación de un seguro de desempleo con una inversión inicial entre 150 y 200 millones de pesos, a fin de atender a 30 mil personas que lo hayan perdido entre diciembre de 2006 a la fecha, con un apoyo mensual de mil 400 pesos que se entregarsán en un lapso no mayor a un semestre.

La creación de este fondo para el empleo, que se integrará con los recursos provenientes del ahorro en el pago de intereses de la deuda pública, permitirá establecer por primera vez en la historia de México dicho apoyo y proteger la planta productiva, especialmente la micro, pequeña y mediana, que se encuentran amenazadas por el incremento de precios, la reciente aprobación de la reforma fiscal y la creciente competencia con el exterior.

Hay dos cosas que llaman la atención. Por un lado, la poca seriedad que tiene el gobierno local. Se endeudan gracias a políticas populistas e irresponsables, se hacen las víctimas para que el gobierno federal los saque del problema, prometen que los recursos ahorrados serán invertidos en infraestructura, y unos días después deciden que siempre no, que el dinero ahorrado
será utilizado . . . en financiar una política populista e irresponsable como las que dispararon la deuda en primer lugar.

Pero desde luego, apenas aparecen algunas críticas, y Marcelo Ebrard vuelve a actuar como víctima. Y a sus críticos los etiqueta de escandalizados.

Un servidor no está particularmente escandalizado -en el sentido de que una política de este tipo viniendo de Ebrard no es una sorpresa. Pero, bajo cualquier análisis racional, no es difícil darse cuenta que el seguro de desempleo es en realidad un subsidio, y que tiene demasiados puntos bastante objetables.

Se ha mencionado mucho que estas políticas son comunes en el primer mundo. Y eso es cierto, pero incluso en el primer mundo hay gente que critica –con razones lo suficientemente buenas– financiar a los desempleados. Pero haciendo de lado estas opiniones, hay que tomar en cuenta que este tipo de seguros son posibles gracias a aportaciones tanto de los trabajadores como de las empresas, y tienen controles estrictos para evitar que exista el abuso por parte de ciertos individuos (aunque el fraude es relativamente común).

En nuestro país, por otro lado, los trabajadores tienen desde hace años acceso a seguros de desempleo, ofrecidos por algunas instituciones financieras. La diferencia es, que en ese caso, el trabajador contrata voluntariamente el seguro y hace las aportaciones correspondientes. De la misma forma, las afores permiten, bajo ciertas condiciones, el retiro de una parte de los ahorros del trabajador por desempleo. Y esos recursos son también, al menos en parte, aportados por el trabajador.

En el caso del subsidio al desempleo de Ebrard, las aportaciones vienen exclusivamente de los contribuyentes, y esa es la diferencia entre subsidio y seguro. En pocas palabras, los que trabajan mantendrán a los que no trabajan. No es mi intención criticar a las personas que se encuentran desempleadas y que hacen un esfuerzo por remediar su situación. Mi crítica es hacia una política populista, que no incentiva al desempleado a encontrar un trabajo, y que se burla de la gente que produce y que paga impuestos a cambio de servicios que nunca recibirá.

Además, ¿qué tipo de controles se implementarán para evitar que los panteras, panchosvillas, cegeacheros y similar fauna se aprovechen de este subsidio? Conociendo la tolerancia de Ebrard a estos grupos clientelares, es seguro que sacarán una buena tajada.

Por otro lado, llama la atención el argumento de que es el gobierno federal el culpable de que se tenga que proteger a los desempleados. El señor Ebrard parece ignorar que el desempleo -que en el D.F. es el más alto del país- es consecuencia de la disminución de la inversión en la capital. ¿Y cuál es la razón de que las empresas ya no quiera invertir en el Distrito Federal? La inseguridad, las marchas, plantones y bloqueos de vialidades, las excesivas regulaciones y la corrupción. Pero desde luego, aceptar eso sería criticar al gobierno de la izquierda progresista.

De nuevo, no es que un servidor esté escandalizado. Es que simplemente el subsidio al desempleo de Ebrard es una burla a los contribuyentes y una política para sacar votos para el 2012.

La Torre de Marcelo

Hay demasiadas cosas que se pueden decir de Marcelo Ebrard. Uniformes y útiles escolares, fiestas de quince años y playas gratis, clases de náhuatl obligatorias, pretender que todos vayan en bicicleta a trabajar (por que todos trabajan cerca de casa y todos tienen guaruras), querer controlar un aeropuerto internacional cuando no puede poner orden en el paradero de Pantitlán, violar los derechos de propiedad de ciudadanos inocentes con el pretexto de luchar contra el crímen, afirmar que él gobierna sólo para quienes votaron por él, su pseudoambientalismo postmoderno, su fascistoide reglamento de tránsito y muchas cosas más. Marcelo Ebrard es el populista demágogo y autoritario más grande de este país desde aquel ancianito tabasqueño que quería ser presidente y luego se volvió loco (no recuerdo su nombre, pero creo que terminó pidiendo limosna).

Y estos días, la polémica sobre la torre que Ebrard pretende construir para conmemorar el bicentenario del inicio de la Independencia. Que si el edificio que está en esa ubicación tiene valor histórico, que si es peligroso para los aviones, que si el área no cuenta con servicios y vialidades suficientes, que si el financiamiento y algunas otras cuestiones. Ah, y que el edificio en cuestión está horrible.

Pues bien, desde este humilde blog yo les ofrezco una sencilla solución: dejen al mercado decidir.

Cuando un particular quiere iniciar un proyecto de este tipo tiene que considerar un buen número de factores: si existen los servicios necesarios, si los habitantes de la zona están de acuerdo, cuál es el impacto a nivel ambiental. Está desde luego la cuestión de si el dueño actual está dispuesto a vender su propiedad y a qué precio. Y también debe de elaborar un estudio de mercado para responder una serie de preguntas muy importantes: ¿Es rentable el proyecto? ¿Voy a tener los suficientes clientes? ¿Cuántos clientes puedo tener en las presentes condiciones de servicios y vialidades? ¿En cuanto tiempo voy a recuperar mi inversión?

Si estas preguntas no son satisfactorias el proyecto no se hará realidad, y la razón es muy sencilla: si un empresario o un inversionista va a arriesgar su dinero, lo hará sólo si tiene buenas razones para hacerlo, es decir, cuál será su margen de ganancia y cuales los riesgos.

En el caso de un gobierno populista nada de esto aplica. Un gobierno así puede romper sus propias reglas en cuanto a medio ambiente, servicios y vialidad se trata. Puede expropiar una propiedad a cambio de una mísera indemnización. Puede darles a sus inversionistas condiciones y garantías que no obtendrían en un proyecto privado y puede utilizar recursos públicos en un proyecto que puede no ser viable: a fin de cuentas, a los gobiernos nunca les ha interesado utilizar el dinero de los ciudadanos de forma inteligente.

En la tradición de su antecesor, el señor Ebrard, representante del pueblo pobre y de los explotados, también se ha aliado con algunos representantes del poder económico. El lector puede leer todos los detalles aquí. Una historia sórdida en verdad, sobre todo la parte en que se intercambia un puesto político por favores económicos. Esa clase de gente es la que le da mala imagen al capitalismo de verdad.

Pero regresemos al tema: imaginemos que utilizando dinero mal habido y recursos públicos se construye la mentada torre y se inaugura (meses antes de terminada) en una bonita ceremonia. Pero supongamos que por diversas -y previsibles- razones, como la falta de vialidades, estacionamiento y servicios, o por simples razones de mercado, pocas empresas deciden rentar espacios en el edificio y al final termina resultando en un fracaso, en un elefante blanco más. ¿Quién pierde? Ciertamente no Ebrard, el impulso del proyecto a su campaña presidencial nadie se lo quitará. Tampoco los pseudocapitalistas, que habrán recibido buenas garantías y favores a cambio del dinero aportado. Los que terminarán perdiendo son los ciudadanos, quienes habrán pagado por la gracia del gobierno, y quienes dejarán de recibir servicios a cambio.

¿Quieren construir una torre para celebrar el bicentenario? De acuerdo, pero dejen al mercado decidir: hagan una licitación justa. Que sean los inversionistas quienes decidan si es viable esa u otra ubicación, que no se usen recursos públicos. La expansión de la ciudad hacia arriba es algo bueno, pero debe de llevarse a cabo en base a criterios económicos y ambientales, y no en base a criterios políticos.