Le Grand Journal sobre René Mey

Hace unos días, Nicolas Quirion, periodista de Le Grand Journal du Mexique (un diario en linea publicado en México para los lectores francófonos) se puso en contacto conmigo para hacerme algunas preguntas sobre el tema del “sanador” René Mey.

El artículo ya fue publicado, y pueden leer la versión en español aquí.

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René Mey: ¿sanador, humanista y vidente?

Es probable que hayan visto o escuchado hablar de los televangelistas norteamericanos (aunque no son un fenómeno exclusivo de ese país) que afirman tener el poder de curar a la gente por medio de la fé. Sujetos con nombres como Benny Hinn, Peter Popoff o Marjoe Gartner que, frente a cientos de personas -más las miles que los veían por televisión, podían lograr incluso que personas en sillas de ruedas se pusieran de pie y caminaran. Hombres (y mujeres) que, después de llevar a cabo sus milagrosos actos de curación, solicitaban donaciones que los hicieron millonarios. Charlatanes que, eventualmente, fueron desenmascarados como tales.

Después de presenciar personalmente una de sus “sesiones de sanación”, puedo decir que el modus operandi de el autoproclamado humanista, sanador y vidente René Mey, tan de moda a últimas fechas en nuestro país es, en esencia, la misma.

Aunque su propaganda afirma que sus poderes provienen de una nueva forma de conocimiento, la realidad es que René Mey no es más que parte de una práctica tan antigua como la humanidad: la curación por medio de la fé. De acuerdo a Robert Todd Carroll, de The Skeptic’s Dictionary:

Cuando no se trata de fraude, la curación por medio de la fé es una forma cooperativa de pensamiento mágico que involucra a un sanador y un paciente, y en la que a) tanto el sanador como el paciente mantienen una creencia en el poder curativo de espíritus o algún otro misterioso mecanismo de sanación; b) el sanador, consciente o inconscientemente, manipula al paciente para hacerlo creer que su dolencia se ha curado por medio de la oración, movimientos con las manos (para desbloquear, remover, restaurar, etc. alguna forma intangible de “energía”), o por medio de algún otro producto o ritual no convencional; y c) el paciente valida la sanación al dar señales de que ha funcionado, tales como el caminar sin muletas por un corto periodo de tiempo, respirar libremente, manifestar alivio del dolor, o simplemente al agradecer al sanador por la “cura milagrosa”. Además, la curación por medio de la fé puede llevarse a cabo a distancia. No es necesario que el paciente y el sanador se reúnan, ya que los procesos que ocurren, suele afirmarse, trascienden las limitaciones usuales que imponen el tiempo y el espacio.

Este tipo de prácticas no requieren de una validación objetiva acerca de su eficacia. Basta el testimonio del paciente o el simple acto de levantarse de una silla de ruedas para declarar que ha habido una curación. Sin embargo, no se requiere evidencia real de que ha existido una mejoría tangible en el estado de salud del paciente. No se documentan ni el estado de salud previo ni el posterior, no existe seguimiento alguno de la evolución clínica posterior al evento de sanación, y si por alguna razón llega a conocerse que no hubo una mejoría real, siempre se tiene el cruel recurso de afirmar que el paciente “no tiene suficiente fé”.

Si las sanaciones por medios espirituales no tienen ningún efecto terapéutico. ¿Por qué entonces parecen ser tan exitosas?

Por las mismas razones que otras prácticas médicas fraudulentas, la astrología, los tenis que hacen bajar de peso, los detectores moleculares y demás chapucerías parecen funcionar: por que las expectativas y percepciones a veces tienen mayor peso que los hechos. La mente humana es una cosa curiosa.

Las personas que recurren a sanadores son firmes creyentes y tienen un fuerte deseo de que la sanación funcione. Sobra decir que ese deseo muchas veces obedece a la gran desesperación que puede causar una enfermedad. Alrededor del acto de sanación hay muchas cosas: una imagen idealizada del sanador que a veces puede llegar al fanatismo, un entorno diseñado para hacer que el paciente se sienta bien, el simple hecho de estar rodeado de personas con la misma creencia.

Y eso asumiendo que no existan trampas por parte del sanador.

Pero al final, los tumores no desaparecen, los pancreas no comienza a producir insulina y las médulas espinales no se restauran. La única mejoría será pasajera y subjetiva, siempre en función de que tan fuerte es la creencia en el sanador. Y nada más: pocas horas después, nada habrá cambiado.

René Mey ha tratado de explicar el mecanismo mediante el cual es capaz de lograr sus milagrosas curaciones. Hace unos días, en una entrevista llevada a cabo por Milenio Televisión, afirmó que sus poderes curativos están basados en cristales que son formados por los pensamientos (incluso mencionó el desacreditado trabajo de Masaru Emoto). Según Mey, al momento de meditar, tiene el poder de emitir estos cristales y transmitirlos a las personas. Incluso, para explicar la supuesta capacidad curativa de su filme, afirma que estos cristales pueden ser captados por cámaras de alta definición y posteriormente emitidos por la pantalla de cine.

Una explicación ridícula que desnuda su completa ignorancia de no sólo la física y la biología más básicas, sino del elemental hecho de que una pantalla de cine no emite luz: sólo refleja la que proviene del proyector.

Aunque todo comenzó con la idea de ridiculizar las afirmaciones de un sujeto que afirma poder curar (y conservar limones) a través de una pantalla de cine, el haber presenciado el triste espectáculo de una de sus sesiones de sanación le quita su gracia al asunto. Una fila que fácilmente pasaba de las tres mil personas esperando por horas para tener una oportunidad de ver al sanador. Personas en sillas de ruedas, aparatos ortopédicos o con miembros amputados. Mascadas cubriendo la calvicie causada por la quimioterapia. Familiares llorando ante la expectativa de obtener una curación milagrosa.

Con las sillas de la sección de cómida rápida (la sesión fue en un centro comercial al sur de la ciudad), los voluntarios de Mey formaron una larga fila, en la cual iban sentando a las personas enfermas. Mey, encapuchado, recorría la fila y, uno por uno, se ponía enfrente de los pacientes. Los rodeaba con los brazos y les daba unas palmaditas en la espalda. Algunos, agobiados por la carga emocional del suceso, incluso se dejaban caer.

En la entrada al centro comercial, una de las voluntarias de Mey, en una caja de color amarillo, recibía peticiones (papeles con los datos de pacientes que no estaban presentes para que Mey, en su meditación, pueda sanarlos a distancia). Y otra voluntaria, en una caja de color morado, recibía billetes de cien, doscientos, quinientos pesos. La caja tenía un rótulo que decía “donaciones de amor”.

Y un poco más allá, en la explanada del centro comercial, otros voluntarios vendían discos compactos de ciento cincuenta pesos, playeras de cien, velas “bendecidas por el sanador” a ochenta pesos. Desde luego que el acto de la sanación por si mismo es gratuito. Los voluntarios de Mey, así como su propaganda, ponen mucho énfasis en eso.

La única diferencia que hay entre Mey y los sanadores evangélicos que mencioné al principio de esta entrada es meramente cosmética. Sólo cambia le envoltura cristiana evangélica y en su lugar pone una de ideas new age aderezadas con lenguaje científico sacado de contexto.

René Mey se autoproclama como “sanador, humanista y vidente”, y los medios que han cubierto sus actividades en nuestro país repiten esos tres sustantivos sin detenerse por un momento a averiguar si es que merece esos títulos.

Pero en realidad el señor Mey no tiene ningún tipo de poder para curar enfermedades. Sus métodos son los mismos que los charlatanes que prometen curas milagrosas han usado por siglos. La explicación “científica” que ofrece para explicar sus supuestos poderes es completamente absurda.

La realidad es que este sujeto no merece el título de sanador. ¿Merece el de humanista?

La afirmación de Mey es que ha fundado más de seiscientos “centros humanitarios” que ofrecen servicios gratuitos. Aunque, dependiendo de la fuente, pudieran ser cien o cuatroscientos. Mi infructuosa búsqueda de uno en el área metropolitana de la Ciudad de México me hace sospechar que esos números probablemente están inflados. Ahora bien, ¿de qué forma ayudan estos “centros humanitarios” a las personas? Estos centros son operados por voluntarios que han aprendido de Mey sus técnicas de sanación. De acuerdo a una voluntaria, el único servicio que ofrecen es el de “terapia de regeneración celular”. Es decir, sólo los famosos toquecitos en la espalda. Unos toquecitos que, como ya vimos, no curan ni una indigestión.

Si uno aprende de un “maestro” una técnica de sanación inocua (e inútil) y pone afuera de su casa un letrero que dice “centro humanitario”, realmente no está beneficiando a la comunidad. Si todos los centros humanitarios René Mey siguen ese patrón, la misma lógica aplica: así sean mil centros, no le están trayendo ningún beneficio a nadie.

En su sitio de internet, René Mey afirma que ha pasado veinticinco años ayudando de esa manera a las personas. Pero las personas que acuden a él o alguno de sus voluntarios no están recibiendo ningún tipo de ayuda.

Si a una persona que padece de una enfermedad terminal le haces creer que tienes poderes que la pueden curar, no importa cuántas palabras bonitas utilices y no importa que la hagas sentir bien por un momento, no la estás ayudando. Sólo la estás engañando. Y si le cobras (aunque le llames “donación”), además la estás explotando.

Y alguien que engaña y explota a las personas no se merece el título de humanista. Especialmente si lo hace con cientos o miles de personas.

René Mey no es sanador ni es humanista. ¿Vale la pena preguntarnos si el señor Mey es vidente? Honestamente, creo que esa pregunta sale sobrando.

Actualización 21/01/2011: si no estás de acuerdo con lo dicho en esta entrada, y si piensas expresar tu desacuerdo en la sección de comentarios apelando a la fe, al amor y/o a la física cuántica (o a alguna noción por el estilo) quizás quieras leer esto primero.

42 Días después, ¿qué ha ocurrido con los limones?

A casi mes y medio de que decidí poner a prueba la afirmación de sus productores de la cinta HIM: Más allá de la luz (que el filme emana -literalmente- energía positiva capaz de curar enfermedades y conservar limones), ¿qué ha ocurrido con este par de cítricos?

No mucho. Están más duros, se les han marcado los gajos y han tomado un color amarillento con manchas verdes. Lo más notable es que al limón A (o Sr. Cítrico, como le conocemos cariñosamente), le apareció una hendidura circular en la parte de arriba (no se muestra en la imagen) que le da un parecido a la Estrella de la Muerte.

Pero mejor júzguenlo ustedes. Den click para agrandar.

No podría decirse que alguno de los limones está en un evidente estado de descomposición, y pareciera que van a permanecer más o menos como están ahora por mucho tiempo. Pasando por alto que tenemos un limón de control que no fue expuesto a la proyección de HIM: Más allá de la luz – la película que sana, se podría pensar que se han momificado, ¿cierto?

Los cítricos tienen cáscaras resistentes, y contienen compuestos que inhiben la proliferación de moho y bacterias. Como toda la materia orgánica, eventualmente se descomponen, pero las características mencionadas, en las condiciones adecuadas, los hacen muy resistentes a este proceso. Un limón que ha sido almacenado y cuyo interior no ha sido expuesto va a tardar mucho tiempo en mostrar señales evidentes de descomposición.

(O como en su comentario dice acertadamente Pexipato: los limones simplemente se deshidratan.)

Esta resistencia es un hecho tan trivial que rara vez uno se da cuenta de su existencia, y de ahí que pudiera parecer excepcional ver cómo un limón dura semanas o meses sin pudrirse. Si un creyente en los “poderes de sanación” de Mey lleva un limón a la sala de cine y lo guarda -sin tomarse la molestia de compararlo con otro limón-, es fácil entender cómo podría interpretarlo como evidencia de esos poderes.

Afortunadamente, nosotros contamos con el beneficio de un limón de control y podemos ver que, con película sanadora o sin película sanadora, un limón en un escritorio se pondrá duro, amarillo y no despedirá olor a putrefacción.

Si yo fuese malpensado (y lo soy), podría pensar (y lo hago) que este hecho no es ignorado por la persona a la que se le ocurrió afirmar que el filme tenía la propiedad de conservar limones para convencer a la gente de sus supuestas propiedades “sanadoras”.

No he ocultado que el propósito de este ejercicio está más cercano al ridículo que a un experimento científico serio. Pero, por otro lado, es una muestra de que poner a prueba las afirmaciones de iluminados, sanadores y similares no es algo que requiera demasiado esfuerzo.

El supuesto mecanismo “sanador” del filme fue explicado por Mey hace poco en una infomercial entrevista transmitida la semana pasada en Milenio Televisión. Hace unos días tuve la oportunidad de presenciar la técnica que este sujeto utiliza para “sanar” a las personas. Ambas merecen una entrada aparte.

HIM: Más allá de los lulz (y el día ocho del experimento de los limones)

Actualización: el experimento de los limones continúa aquí.

Mi excursión de hace una semana para ver HIM: Más allá de la Luzy el pequeño experimento con limones, inspirado por las afirmaciones en torno a esta película- han provocado, sobre todo, risas y diversión. Y es lo que uno esperaría, sabiendo que el asunto involucra cinematografía chafa y experimentos (también chafas) con fruta. No me estoy quejando: el ridículo es una de las armas más importantes cuando uno trata este tipo de temas.

Pero no todo es ridículo y risas. Hay cosas más serias que se pueden decir sobre esta especie de video-home venido a más y lo que representa.

La gran mayoría de las reseñas que he leído acerca de esta película coinciden en una cosa: las actuaciones son malas, el guión es terrible, la edición y los valores de producción son abismales.

Y yo no podría estar más de acuerdo con ello: si un científico loco reuniera en una habitación a cien simios con cien cámaras y cien micrófonos, podrían pasar cien años y los primates no lograrían hacer algo de una calidad tan mala como HIM: Más allá de la luz.

Pero hasta ahí llega mi acuerdo con las reseñas, que repiten de forma automática y sin un ápice de escepticismo la afirmación de los productores de la película acerca de su supuesta base en hechos reales.

La propaganda oficial de René Mey, el sujeto que sirve de inspiración al filme, lo describe como un humanista, vidente y sanador que ha establecido cientos de centros humanitarios en algunos países de África y en nuestro país, y que es poseedor de increíbles dones. Y las mismas afirmaciones son repetidas por los medios, sin el mínimo esfuerzo por verificarlas independientemente.

Este autoproclamado sanador y vidente, de acuerdo al semanario francés L’Express, ha exagerado sus supuestas actividades humanitarias en Costa de Marfil y Madagascar -y ha minimizado otros episodios de su vida menos halagadores: dudosos tratos de bienes raíces y más de dos años en prisión por agresión, secuestro y extorsión.

Por otro lado, encontrar alguno de los centros humanitarios es una tarea notoriamente difícil, lo cual pone en duda la afirmación de que hay seiscientos de ellos sólo en nuestro país.

Respecto a los famosos y elusivos centros, un detalle curioso: en una escena del filme, un burócrata enfrenta al personaje basado en Mey y le dice que debido a las regulaciones sanitarias no podrá abrir sus centros de salud. El sanador pregunta si cambiar su nombre a centros humanitarios le permitirá abrirlos, a lo que el burócrata asiente. Es práctica común de los charlatanes usar eufemismos para escapar de las regulaciones, aunque uno se pregunta por qué se le ocurrió al guionista revelar esta táctica.

Ahora bien, ¿qué hay de los supuestos poderes de René Mey? Al principio del filme se afirma que todos los fenómenos representados en el son completamente reales. Y las hazañas de las que es capaz este sujeto no son pocas. Algunos ejemplos:

  • Detener a voluntad su corazón durante más de diez minutos.
  • Leer un grueso volumen sobre biología celular con tan sólo hojearlo por unos segundos, y a continuación emitir una devastadora crítica acerca de su obsolesencia.
  • Detener -a distancia y sólo con el poder de su mente- un vehículo robado, segundos antes, por un par de estereotípicos maleantes.
  • Curar el cáncer pulmonar. Con las manos.
  • Despertar a una mujer de un estado de coma.
  • Durante su meditación, transportarse a una lejana playa en donde defiende a una mujer de sus también estereotípicos atacantes.

Usemos el sentido común: si en realidad hubiera una persona capaz de realizar todas esas proezas, ¿cómo es que apenas nos vamos enterando? Si realmente existiera un hombre con esos poderes, no vendríamos a enterarnos de su existencia a través de una película mala y de una que otra entrevista en algún programa de radio para señoras.

En realidad, René Mey estaría en todos los noticieros, revistas, diarios, documentales de Discovery Channel y entregas de premios del mundo, incluyendo el Nobel. Pero el hombre ni siquiera tiene su propia entrada en la Wikipedia.

¿En dónde están documentadas sus hazañas? ¿Por qué mejor no producir un documental en donde aparezca Mey haciendo uso de sus poderes? Preguntas obvias, que ningún periodista o crítico ha formulado al hablar de esta cinta.

Y hablando de las reseñas, hay otro lugar común en el que todas caen: la película es mala, pero vale la pena por que tiene un mensaje muy positivo. Yo discrepo: el mensaje de esta cinta no es nada positivo.

Esta cinta es completamente anti-ciencia, al tiempo que trata de usar la ciencia para justificarse. Promueve la idea de que hay una nueva forma de inteligencia que la ciencia no puede explicar… y luego se contradice intentando explicarla científicamente, inventándose unas supuestas neuronas emocionales que se encuentran dormidas en el corazón y que, al despertar, activan los super-poderes que demuestra Mey.

El protagonista, se nos pretende hacer creer, es un científico. Un biólogo celular, para ser precisos. En una dramática (a falta de mejor palabra) escena, denuncia a la ciencia como inútil dada su incapacidad de salvar la vida del hermano de otro personaje, víctima de un accidente ocurrido años atrás.

Un biólogo celular, uno asumiría, tendría cierto conocimiento acerca de la inevitabilidad de algunas cosas, como los accidentes y la muerte. Pero en ese punto de la película ya es un verdadero creyente en la sabiduría del sanador. Por algo es el héroe de la historia.

No quiere decir que falten personajes escépticos, desde luego, pero todos son transformados por el sanador. Una incrédula mujer abre su corazón al ser despertada de un coma por el sanador. Un cínico director de laboratorio es curado de su cinismo cuando el sanador hace desaparecer su tumor pulmonar. El duro corazón de un burócrata es ablandado cuando el sanador le habla con la mente.

El mensaje -no sólo de esta cinta, sino de la plaga de gurús, maestros y sanadores que a últimas fechas parecen estar viviendo un nuevo auge- es que cualquier cosa es posible con tan sólo desearla, que lo único que se necesita para convertir a nuestro mundo en un paraíso es el amor, y que la humanidad está a punto de entrar a una nueva era en la que reinará una nueva inteligencia.

Pero amor, posible e inteligencia sólo son palabras cargadas. Son palabras que suenan muy bonito. Pero sólo eso.

La nueva inteligencia no es tal. Es simplemente pensamiento mágico y obediencia: dejar de pensar, abandonar la razón y dejarse llevar por la sabiduría del maestro -sabiduría que, desde luego, es incuestionable. El sanador que aparece en pantalla afirma, más de una vez, que el acto de cuestionar nos impide ser libres. Uno podría preguntarse si no es en realidad lo opuesto, pero eso sería cuestionar, y cuestionar, dicen, nos quita libertad.

La realidad es que el verdadero mensaje no es amor, es control y obediencia. Es la autoridad del iluminado sobre sus seguidores, la inteligencia superior que no se puede cuestionar.

¿Demasiado abstracto? Tal vez. Pero el filme -y pseudofilosofías en que se fundamente representan un peligro más tangible: personas con enfermedades graves acudiendo a este sanador con la esperanza de ser curadas milagrosamente. O peor aun: entrando a la sala de cine con la esperanza de que la energía que emana de este filme los curará.

Y hablando de la energía sanadora que supuestamente emana de esta película, dejemos la seriedad por un momento para pasar a lo que todos esperaban: el día ocho del experimento de los limones.

Esta es una fotografía tomada el día de hoy, una semana después de iniciado el experimento. Sr. Cítrico, a la izquierda, es el limón que me acompañó a ver la película. A la derecha, Roland Jr, es el sujeto de control que se quedó en casa. Den click en la imagen para verla en un tamaño decente:

Saquen sus propias conclusiones, y no olviden comentarlas.

El Experimento del Limón: Día 1

Actualización: Continuamos con este tema en esta entrada.

Pues bien, como comentaba que lo haría en la entrada anterior, el dia de hoy fui al cine a ver HIM, Más Allá de la Luz. Consideré descargarla, pero ignoro si el supuesto efecto ‘conservador de limones’ del filme sería igual de efectivo si es reproducido en la computadora.

En cuanto al filme, por el momento sólo diré una cosa: si yo fuese uno de esos video-homes piratas que venden en los puestos ambulantes y que relatan las aventuras de narcotraficantes, traileros y cholos, me sentiría profundamente ofendido si me exhibieran junto a una copia de HIM, Más Allá de la Luz. Asi de mala es esta película.

Vamos al grano: hoy al medio día, antes de salir al cine, saqué dos limones del refrigerador. Ambos fueron comprados el mismo día y en el mismo sitio.

Esta es una foto de los dos limones, antes de iniciar el experimento:

A la izquierda, el límón A, o, de cariño, Sr. Cítrico. A la derecha, el limón B o limón de control, llamado afectuosamente Roland Jr. Veámoslos más de cerca.

Como pueden ver, ambos limones se encuentran en igual estado de conservación. Antes de salir para el cine coloque cada limón en una bolsa de plástico, dejé el limón B en mi casa y me llevé el limón A conmigo. Esta es una foto del limón A antes de comenzar la función:

El limón pasó poco más de hora y media en el posavasos, ‘viendo’ la película. Ignoro que tanto le gustó.

Este es el aspecto de ambos limones al final del día 1:

¿Qué es lo que sigue? Voy a colocar ambos limones en el mismo sitio, y sacaré fotografías que iré publicando periódicamente para ir comparando su estado de conservación.

Una aclaración final: hasta hoy he utilizado el termino ‘momificación’ para referirme a lo que supuestamente le pasa al limón al recibir las buenas vibras (jo jo) emanadas del bodrio en cuestión, ya que es la palabra que han utilizado sus promotores. Pero en realidad es una palabra equivocada: un limón no puede momificarse por que no es un cadaver. De forma que a partir de este momento usaré otras palabras que expresen mejor la idea: que el limón, supuestamente, se conservará sin entrar en estado de descomposición.


¿Puede una película conservar limones? Un experimento

Actualización: el experimento continúa aquí.

“Basada en hechos reales”.

Cuando se usa esa frase para promover una película, es señal casi infalible de que los hechos que relata están tan apegados a la realidad como cualquier película de Terry Gilliam… o quizás menos. Y aunque las películas que usan esa estrategia de promoción suelen tratar de casas embrujadas o exorcismos, de vez en cuando pueden tratar de gurús milagrosos cuyo mensaje puede cambiar a una nación entera.

Hace unos días, por Twitter, me pasaron este link, que lleva al sitio oficial de una película de nombre HIM, Más allá de la Luz, y me preguntaron si había recibido por correo electrónico una cadena explicando su supuesta importancia.

No había (ni he recibido) la cadena en cuestión, pero al entrar al sitio oficial, ver el trailer y leer lo que se dice acerca de este filme en otros sitios, mi primera impresión fue que se trataba de una especie de Y tú que #$%& sabes? de manufactura nacional: basta leer las palabras y frases ángeles, nueva inteligencia, nuevo ciclo cósmico, sanación, milagros para saber por donde va el tema de la película.

Además, desde luego, de la afirmación de que se trata de una historia real. Para ser más exactos, una historia real acerca de la vida y milagros de un sujeto de nombre René Mey, descrito como humanista y poseedor de asombrosos  poderes sobrenaturales: ver el futuro, pasar años enteros sin comer, comunicarse con ángeles y curar enfermedades.

Desde luego, busqué la famosa cadena que explica la importancia de este filme y esto fue lo que hallé:

Está escrito que De México nacerá una gran luz. Varios sabios lo dicen, los tibetanos lo afirman y nuestros ancestros prepararon el camino.

Creo en los mexicanos y en mi país. Todos queremos salir de la violencia, la corrupción y los problemas.

Mi nombre es Ma. Eugenia Alvarez Romo, productora  de cine y orgullosamente Mexicana¨.

Para ayudar a cambiar el estado de problemas que vivimos hoy día. Un grupo de amigos y yo realizamos una película de cine sobre una historia verdadera con altos valores humanos y capacidades extraordinarias de las que yo he podido ser testigo.

Por primera vez en el mundo se ha creado una película basada en hechos reales sobre el poder de una Nueva forma de Inteligencia con capacidades que el ser humano posee más allá de su entendimiento y que puede ayudar a transformar nuestro país y al ser humano.

Esta película te dá claves para abrir tu potencial dormido, además envía una energía de sanación al espectador a través de las facultades de un sanador y vidente (Rene Mey) quien aparece en escenas de meditación.

Hemos tenido varios testigos de sanaciones, cambios, mejorías, activación de facultades y buena vibra que se lleva el espectador después de haber visto esta película. Júzgalo por ti mismo!!!!.

Puedes intentar una experiencia: Lleva un limón al cine y guárdalo en la bolsa o mano durante toda la película. Verás que después de un tiempo se momificará y no se pudrirá durante toda tu vida.

La energía de esta película es tan grande que te puede sorprender.

Una historia real y conmovedora para toda la familia.

Quizás sea la poco alentadora situación del país, o la proximidad del año 2012, pero cada vez circula más la noción de un despertar global (lo que sea que eso signifique) que tendrá lugar en nuestro país, y este filme parece ser una consecuencia de esa idea. Y aunque la idea de que gurús iluminados anden por ahí vendiendo soluciones mágicas para los problemas no mágicos de nuestro país no me resulta nada agradable, ese no es el tema de esta entrada.

El tema son las sanaciones, cambios, mejorías, activación de facultades y buena vibra que el espectador, sin pagar extra por su boleto de entrada, supuestamente se lleva a su casa después de ver esta película.

O, más específicamente, el limón que por la influencia benigna de este filme se momificará (sic) y jamás de los jamases se echará a perder. Me llamó la atención que no sólo en la cadena, sino que en diversos sitios de internet se menciona el supuesto poder que tiene la película para conservar limones, poder que intentaremos observar experimentalmente.

Un servidor acudirá al cine el dia de hoy -7 de Junio- a ver la película de marras, y llevará consigo un limón fresco (denominado limón A, o, cariñosamente, Sr. Cítrico). Un segundo limón, que funjirá como limón de control (denominado limón B o Roland Jr.) se quedará en mi casa. Una vez que regrese de ver la película (y si aún conservo la cantidad de neuronas suficientes para seguir con el experimento), colocaré ambos limones en el mismo sitio, y publicaré fotografías de ambos a intervalos regulares. Después de un periodo de tiempo razonable, determinaré, (o mejor dicho, ustedes determinarán y sin saber cuál es cuál) el estado de conservación de ambos.

(Cualquier semejanza con el experimento de las manzanas de Rebecca Wattson no es ninguna coincidencia. Creo que es más que obvio que le estoy robando la idea desvergonzadamente).