¿Charlatán? Si. ¿Vampiro de Energía? No.

Curiosa coincidencia. Hace un rato estaba escuchando el episodio 261 de The Skeptic’s Guide to the Universe (un podcast que les recomiendo, si entienden Inglés), en el que mencionan el curioso fenómeno de los llamados “vampiros de energía” -personas con el supuesto poder de “robar” la energía de los demás.

Una idea ridícula, a todas luces, pero no pasó un rato sin que tuviera oportunidad de mencionarla.

Aunque la entrada anterior nada tiene que ver con el tema del farsante René Mey, alguien de nombre Francis dejó el siguiente comentario:

el dia de ayer fui a una secion con el sanador Rene Mey la verdad yo no creo tan facil en todo este tipo de cosas, pero me paso algo muy raro, cuando el paso frente a mi y me puso su mano en el corazon me senti desvanecerme como si me robara toda mi energia, y como no senti nada espiritual (hermoso).  he estado investigando en internet y lei un comentario acerca de que el nos roba nuestra energia,  podra ser cierto esto?

Si hay alguna razón para preocuparse, no es esa . De la misma forma que el señor Mey no tiene ningún poder curativo más allá del de un placebo (que, para efectos prácticos, es lo mismo que ninguno), tampoco puede robarse la energía de las personas. Cualquier efecto es subjetivo y puede ser explicado si tomamos en cuenta las expectativas y las emociones que están en juego en un evento así -y la capacidad que tiene Mey para explotarlas a su favor. Simplemente, el poder de la sugestión.

En otros lugares de internet he leído comentarios similares, atribuyendo a Mey la supuesta capacidad de robarle la energía a las personas, e incluso afirmaciones de que sus supuestos poderes tienen un origen satánico.

El único poder que le podemos reconocer a Mey es el de su gran capacidad de usar su carisma para manipular a la gente, y el origen de ese poder no es ni divino ni diabólico. Y eso es una buena noticia: para defenderse de vivales como Mey no hace falta recurrir a lo supernatural. Basta pensar críticamente, pedir evidencia, y no dejarse engañar por las apariencias y los discursos.

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